Wilhelm Reich se recibió de médico en 1922 en la Universidad de Viena, aunque desde 1920 ya pertenecía a la Sociedad Psicoanalítica de la capital austríaca. Fue inicialmente discípulo de Freud. Mientras los psicoanalistas de su época se abstenían, casi por completo, del contacto físico con sus pacientes, Reich, por el contrario, los abrazaba afectuosamente.
Sin excepción, los enfermos le relataban a Reich que en la infancia habían pasado por períodos en que habían aprendido a reprimir el odio, la angustia frente a la pérdida de amor, por medio de determinadas prácticas que influían sobre las funciones vegetativas (tales como contener el aliento, tensionar los músculos abdominales, entre otras)
A partir de su experiencia clínica, Reich introdujo en la psicoterapia el concepto de coraza muscular definiéndola como “la suma total de las actitudes musculares que el individuo desarrolla como defensa contra la irrupción de afectos y sensaciones vegetativas, especialmente la angustia, la rabia y la excitación sexual”.
La coraza muscular es una alteración crónica del tono de la musculatura profunda, una tensión muscular relacionada con una defensa frente a sucesos dolorosos vividos por el individuo durante la infancia. Reich comprobó en su práctica clínica, que un conflicto psíquico que estuvo activo en cierta época de la vida, dejaba sus huellas, se conservaba activo, en forma de una rigidez o coraza muscular. Cada rigidez muscular contenía la historia y el significado de su origen. Los conflictos del pasado eran los contenidos latentes de la coraza muscular. Al aflojarse podían – más o menos fácilmente- ser reavivados, y los afectos, que anteriormente sufrían inhibición y fijación, se liberaban. La neurosis no era únicamente la expresión de un equilibrio psíquico alterado, sino de una perturbación crónica del equilibrio vegetativo y de la motilidad natural. La disolución de la coraza muscular (rigidez) del paciente, no sólo liberaba la energía vegetativa, sino que, además, traía a la memoria precisamente el recuerdo de la misma situación infantil en que se había efectuado la represión; el paciente no hablaba más de su odio, lo sentía, no podía evitarlo. La actitud muscular era idéntica a lo que llamamos “expresión corporal”. Las corazas musculares desempeñaban la misma función en el aparato psíquico que las corazas del carácter. Reich consideraba que no era posible la separación de los procesos psíquicos de los somáticos, ya que ambos formaban una unidad funcional y se condicionaban e influían mutuamente. Las corazas (rigideces) del carácter podían disolverse mediante la destrucción de la coraza muscular, y a la inversa. En muchos casos, las inhibiciones psíquicas, no respondían a la influencia psíquica y sólo cedían ante el aflojamiento directo del acorazamiento muscular. La práctica clínica diaria le enseñó a Reich que los tratamientos psíquicos y somáticos, en modo alguno se reemplazaban sino que se complementaban. En un tipo de enfermo predominaba, desde el comienzo, el trabajo sobre las actitudes musculares; en otro, el trabajo sobre las actitudes caracterológicas, mientras en un tercer tipo de enfermo el trabajo sobre el carácter y la musculatura se llevaba a cabo en forma simultánea o alternada. Sin embargo, en todos los casos, el trabajo sobre la coraza muscular se volvía más extenso e importante hacia el final del tratamiento. La coraza muscular producía en el cuerpo de sus pacientes un bloqueo de la energía, una perturbación en la descarga energética. La técnica terapéutica utilizada por Reich para abordar las enfermedades mentales (orgonterapia) tenía como función liberar las energías fijadas en el cuerpo y disolver los acorazamientos o las rigideces del carácter. Reich elaboró un sistema de curación que consistía en el desbloqueo progresivo de los diversos segmentos que componen nuestro organismo: cráneo, cuello, diafragma, vientre y cadera. Reich recurría al ejemplo de una serpiente que tiene un movimiento ondulado rítmico, uniforme, en todo el cuerpo y decía: “Imaginemos que algunos segmentos del cuerpo estuviesen paralizados. En tal caso, las demás partes, aunque no estuvieran paralizadas o trabadas, se verían imposibilitadas de moverse como antes; más bien, el ritmo total estaría perturbado. Para que la armonía y motilidad del cuerpo sean completas, los impulsos corporales deben trabajar como una sola unidad imperturbada, como un todo. Por móvil que fuera una persona, si inhibiera la motilidad en la pelvis, toda su actitud y su motilidad se inhibirían. No debe perderse de vista el hecho de que el enfermo nada sabe de sus inhibiciones musculares. Tiene que sentirlas antes de estar siquiera en condiciones de prestarles atención. Así, pronto nos convencemos de que es imposible producir motilidad vegetativa en la pelvis antes de lograr la disolución de las inhibiciones en las partes superiores del cuerpo. Más bien, es sólo en el proceso de volver a unificar el ritmo orgánico desorganizado de todo el cuerpo, donde se descubren todas esas acciones e inhibiciones musculares que anteriormente obstaculizaban el funcionamiento y la motilidad vegetativa del enfermo. Es sólo en el transcurso del tratamiento cuando salen a la luz los métodos que los enfermos practicaron de niños como medio de dominar sus impulsos y sus angustias”.